Lo Uno y el padre. A propósito de la neurosis. Kaira Vanessa Gámez



MESA DE TRABAJO: CLÍNICA CONTEMPORÁNEA DE LA NEUROSIS. DE LA ESTRUCTURA AL NUDO.

5ta sesión.


Las últimas sesiones de nuestra mesa de trabajo, especialmente gracias a las preguntas y comentarios de ustedes, me han servido para escuchar hasta qué punto, la pregunta por la función y el lugar del diagnóstico en psicoanálisis, está atravesada por la cuestión del padre. Hoy quise volver al modo en que Freud le dio forma a su clínica, desde el comienzo de su obra, para ubicar allí algunas coordenadas en torno al padre que nos permitirán pensar lo que va a ser luego para Lacan la pluralización de los NP. Al menos introducir algo de ese punto es lo que me interesa.


La clínica freudiana de la neurosis se funda sobre una pregunta sobre la causa de la neurosis. En la diversidad de los síntomas que se le presentaban en la clínica, Freud buscaba su etiología. François Léguil señala que esa primera época de construcción se articuló entre 1895 y 1897 a partir de dos nociones: traumatismo y defensa,1 vale destacar: un traumatismo de naturaleza sexual. Freud entró en el campo de la clínica psiquiátrica fundando una nueva clínica ­la clínica psicoanalítica- sobre la base de una tesis: la causa de la neurosis es sexual, siendo, por ende, el resultado de la interacción entre un traumatismo de orden sexual y la defensa que se erige contra él. “Lacan no rompió con esta clínica”,2 sigue siendo la nuestra.


Reecontramos este principio en el sistema hidráulico que Freud tomó como modelo para pensar el aparato psíquico. Bernardino Horne recuerda que lo esencial de ese modelo son dos axiomas: una cantidad y una estructura.3 La cantidad es relativa al traumatismo sexual, es un monto de goce que se produce y circula de modo continuo. La estructura es la defensa frente a esa cantidad, canales por los cuales drenar el montante fuera del sistema para reducirlo. Esto supone, a su vez, un principio, una ley que de cuenta de ese trabajo de reducción.


En La ética en psicoanálisis, Miller dice que quizá el psicoanálisis no tiene otro programa que el programa del principio del placer.4 Freud hace del Lustprinzip un principio soberano, “una ley a la cual ningún fenómeno escapa”5, y lo que ordena es reducir a cero esa cantidad de tensión que inunda el aparato psíquico, o dicho en los términos de El malestar en la cultura, evitar o suprimir cualquier sensación de displacer.6 En el fundamento de la clínica psicoanalítica hay, entonces, una cantidad X que traumatiza el cuerpo, un principio que ordena reducir esa cantidad y diversos modos de realizar ese principio.


Todo lo que Freud descubre en la clínica es que nunca se logra esa reducción a cero. En el Malestar en la cultura dice: “no hay nada que le permita al programa del principio de placer ser realizado en el mundo.”7 La homeóstasis a la que empuja el principio del placer es inalcanzable. Es la forma freudiana de decir que no hay relación sexual. No hay relación con lo sexual que sea capaz de reducirlo a cero. El principio del placer en Freud es entonces un principio soberano que fracasa. Ante ese fracaso, introduce un nuevo circuito destinado a darle continuidad a esa operación. Es lo que llamó el Principio de realidad. Dice Miller: “el principio de realidad es la continuación del principio del placer a través de otros medios, y eso es, en mi opinión, lo que ha conducido a Lacan a formular que toda realidad es fantasmática”.8 Podríamos decir que las soluciones de la realidad realizan la ley del principio del placer: reducir ese cuantum de satisfacción que mortifica el cuerpo.


En el Edipo, el padre es una de las versiones del principio de realidad. El padre es lo que hace pasar de un exceso de goce, a un menos de goce. La función paterna consiste en nombrar. Introducir el significante en el organismo y, por esa vía, transformarlo en un cuerpo. Allí, el goce inicial, pasa por la palabra y si la función paterna opera, resulta por un lado la castración -una pérdida de goce a nivel imaginario-, esto es, un goce negativizado; y por otro, esa cantidad que ya sabíamos que iba a quedar, que no es negativizable y que Lacan llamará “a”. Como todos los mecanismos de la realidad, El NP tiene éxito y a la vez fracasa.




        Cuando Freud habló de un más allá del principio del placer, abrió el territorio de esa a, de ese resto que la operación del padre no puede metabolizar. Es Freud pensando más allá del Edipo.

El principio de realidad en la Histeria y la Obsesión


        Ante el enigma del deseo del Otro, “(...) la neurosis se estructura como una respuesta cuando la realidad psíquica sostenida por el fantasma se ve trastocada por la irrupción de un mandato discordante: ¡goza!. Este desencadenamiento de la neurosis afirma al deseo como imposible o insatisfecho instaurado como defensa frente al goce.”10 La neurosis es, entonces, una afirmación de cierta modalidad del deseo como respuesta ante el goce que, en un momento dado, el fantasma no alcanza a negativizar. Aquello con lo que cuenta la neurosis para hacer frente al goce es el deseo, y ese es precisamente el legado de la función paterna: el deseo como una defensa frente a lo real. Una respuesta del sujeto que se desencadena para reparar el fracaso del principio de realidad y restaurar la defensa frente al goce. Justo allí, a nivel del fantasma, vamos a encontrar una diferencia estructural entre los dos tipos de neurosis: el establecimiento del deseo como deseo insatisfecho o como deseo imposible. Según Miller, ese fue un aporte notable en la obra de Lacan: diferenciar la función del fantasma en la histeria y la obsesión.11


        El punto que me interesa enfatizar en este sentido y de las sesiones que hemos tenido hasta ahora, lo voy a abreviar en tres aspectos, siguiendo a Miller en Del síntoma al fantasma. Y retorno:


1. Para abordar la función de la realidad –del fantasma– en la neurosis, hay que partir por el hecho de que hay una posición de base en el fantasma neurótico que es la misma. La neurosis responde a la falta en el Otro (A) borrando esta barra (A). Se persuaden, dice Miller, de que el Otro está completo, de que no tiene falta ni deseo. Es siempre el fantasma del Otro completo.12


2. Luego, habrá una versión histérica y una versión obsesiva de ese fantasma. El acento histérico reside en su determinación a reintroducir ese agujero en el Otro que cree que no está. Para ello se representa a sí misma como ese agujero. Se identifica con la falta en el Otro, así constituye su su realidad. Podríamos escribirlo así, siguiendo a Miller:


Lo que se presenta, lo que llega al consultorio es un puro sujeto dividido frente al Otro del significante. La histeria convoca al lenguaje a que la nombre, a que recorte y mortifique su cuerpo, quedando siempre un poco desalojada del significante, mediodicha. Y es que ella no existe sino al modo del sujeto barrado, esto es, de lo que no se alcanza a decir. En eso consiste su posición. Es una paradoja y una trampa para quien crea ser el amo y el dueño de la verdad que ella coloca fuera de ella. Lo que dilucidó Lacan, al elevar la histeria al rango de un discurso, es que el sujeto histérico está en posición de amo. Hace creer que el otro al que se dirige es quien tiene la verdad, cuando es ella quien la tiene bajo sus pies.13 Por eso, cuando estamos frente al deseo de la histérica, no vemos el objeto, este está oculto (Ver Esquema 1). Sólo es visible el entramado significante donde este aparece como falta, es decir, sólo es visible su propia insatisfacción. Y en el caso de la histeria, ese es el objeto del que se trata en su fantasma. Ella ha tomado la falta como su objeto, dice Lacan. Me interesa marcar ese aspecto, puesto que implica que, a nivel del fantasma, la histeria hace de la división subjetiva un significante amo por el que hacerse representar, y por vía de ese significante, el sujeto toma un lugar fálico en su fantasma (Ver Esquema 1). Es la división subjetiva en su valor fálico. Lo continuaremos desarrollando. Por lo pronto, ubicar en cada histeria el significante amo de la división subjetiva podría ser una pesquisa clínica fecunda, para “no tener que depender tanto del decir del paciente.”.14 A fin de cuentas, la histeria es un modo de recordarle al mundo (en cuerpo) que el significante no alcanza para nombrar el goce.


3. El obsesivo no tomará esa vía. En su lugar, hará una coartada precisamente para conseguir lo contrario: desembarazarse de su condición de sujeto. No le interesa, como a la histeria, agujerear al Otro. Para él es capital que eso no ocurra, que al Otro no le falte nada, porque es el modo en que consigue que no le falte nada a sí mismo. Su coartada consiste en responder, frente al displacer del trauma, declarándose a sí mismo agente de la acción mortificante del significante. Él es el amo de la ley del lenguaje. Y allí está su identificación, no con el agujero en el Otro, sino con el Otro del significante al que supone completo. Esto lo coloca en una insistencia interminable por afirmar su ser. De allí que sea su propio yo el objeto del que se trata en el fantasma del obsesivo.15 Un yo ubicado en el campo del Otro de manera especular. Lo que el obsesivo encuentra en el Otro es su propio ego, al que se dedica a dotar de “permanencia y consistencia”, dice Miller. En esta modalidad del fantasma, es el yo el que cobra un valor fálico.



        Estas soluciones son subsidiarias del régimen del padre, que deviene en un uso del falo para significar. Es por medio del falo que el sujeto neurótico se hace representar y se sitúa en el teatro de su vida. La histeria inscribe allí su falta y mediante esa inscripción se introduce en el teatro Edípico como un sujeto sin lugar, desalojado, desenganchado del mundo. El obsesivo inscribe su yo como principio de realidad y se representa en el mundo como un ego pensante, impermeable a la división. Son los velos que el régimen del padre les ofrece para defenderse del real que hiende sus cuerpos. En Extimidad, Miller puntúa: “la función fálica le da al sujeto un contravalor, el valor del objeto que se quiere ser para el Otro. Esa positividad fálica estabiliza al sujeto, le da un lugar distintivo en el fantasma.”16 Pero el principio de realidad que les proporciona el fantasma incluye su propio límite. No alcanza a borrar el goce que parasita sus cuerpos. En el más allá del principio del placer está el más allá del régimen paterno.


        En los testimonios de análisis puede captarse algo de ese territorio. Traigo dos ejemplos, uno que tenemos muy reciente, de las últimas Jornadas de la NEL, y el otro, proveniente de un fragmento del testimonio de Mauricio Tarrab. Sobre el primero, fue un momento sorpresivo y fulgurante para mí. Se trata de uno de los comentarios que hizo Xavier Esqué al testimonio de pase de Mariana Gómez. Hemos escuchado en su testimonios anteriores, especialmente en el ENAPOL, su síntoma de andar “a las disparadas”, como un síntoma histérico, ligado al padre. A ese padre cazador que de pequeña la llevó a ver Bambi y que, ante la angustia de la niña, dijo: “Tranquila, a las madres no las mato”. Mariana comentaba este aspecto histérico de su síntoma, cuando Xavier Esqué la interrumpe diciendo: “Hay algo de “a las disparadas” que es tuyo y que te ha hecho poner el dedo en el pase.” Esto viene muy precisamente al punto que quiero transmitir hoy. Les propongo: el principio del placer supone un Uno fuera de principio, un goce constante, inmposible de negativizar. Creo que su comentario apuntó a eso, a su propia ley más allá de la ley del padre. Ella no es sólo la c(s)ierva del padre. Que el psicoanálisis sepa prescindir del padre, diría yo hoy, luego de escuchar esa interlocución, es precisamente eso. Saber leer el uno que hay a contrapelo de la lectura ya hecha por el inconsciente en torno a ese punto de goce. Leer, oír el factor cuantitativo. Que además, siempre encuentra su curso. No hay lectura, mito, novela que pueda negativizarlo.


           En uno de los testimonios de Mauricio Tarrab, para poner el caso de un síntoma obsesivo, hay un pasaje muy interesante. Sabemos que de pequeño su padre, que estuvo a punto de morir por una enfermedad pulmonar, debía soplar para inflar un pelota de fútbol como parte de su rehabilitación. Cuando dormía, el pequeño Mauricio se acostaba frente a él, vigilando atentamente que estuviera respirando. Más tarde, cuando él vive una escena de excitación sexual en la infancia, se desmaya y su madre interpreta: eso fue un soplo al corazón. Ese fuera de sentido que había sido el trauma sexual fue tramitado por la maquinaria del NP, dice Mauricio, hubo un nombre (soplo) con que defenderse del real sexual vivido en el cuerpo. Sus síntomas tomaron la forma del temor a morir joven, de un ataque al corazón, dejar huérfana a su hija. Un fragmento:


“En el sueño: le muestro al psicoanalista el informe escrito de unos análisis clínicos que me he hecho. Hay en ese escrito un anuncio terrible. El analista (en el sueño) lo lee y dice: l oque está escrito ahí no es correcto. Fin del sueño. Al contarlo en sesión digo: en el sueño ud. me dice que eso que está ahí escrito no tiene el valor que le he dado. O que eso escrito ahí no es mío. El psicoanalista hace sentir uno de sus silencios, calla y de a poco susurra de un modo que debo esforzarme por no perder el hilo de su voz: No... es... suyo. Fin de la sesión.”17


          La interpretación de eso “suyo”, de eso que es de cada uno, no desmiente el carácter efectivamente histérico u obsesivo de estos síntomas; uno por medio del cual Mariana se procuró una vida a las carreras, huyendo del padre, y otro que le permitió a Mauricio, como él dice, ser el soplo que le falta al Otro para hacerlo vivir.18 Lo que quiero destacar es que la interpretación apunta a eso que es un uno (no un cero) al interior mismo de la estructura. El Silet, Miller lo dice así: “hay un registro donde no hay falta: es el nivel de la pulsión.”19 Cuando se adopta esa perspectiva, notamos que la retórica de la falta forma parte de un principio de realidad. Es solidaria siempre de la ley paterna. Que la lectura del analista quede subsumida en la retórica de la falta es un peligro para el psicoanálisis mismo como experiencia orientada por lo real.


           Avanzando hacia la clínica nodal, me parece que podemos encontrar huellas de la proliferación del NP en los primeros textos freudianos. El más allá del Edipo está en el primer Freud. En la medida en que las formas de la primera clínica freudiana (que sigue siendo la nuestra) son pensadas como distintos modos de arreglárselas con un real, estamos ya partiendo de una pluralización de los NP, es decir, de una multiplicidad de defensas frente al goce, que son también modos de gozar. No fue Lacan, fue Freud quien (cito a Leguil) “delimitó lo real a partir de su teoría del traumatismo etiológico de la neurosis.”20 Es lo real de un goce de naturaleza sexual, relativo a la ausencia de relación sexual, lo que comanda las distinciones clínicas: estas se ordenan con relación a un real.


1 Léguil, F. “Primera clínica freudiana de la neurosis”, en Histeria y Obsesión. Cuarto Encuentro Internacional del Campo Freudiano (Buenos Aires: Manantial, 1987), p. 15.

2 Ibid., p. 13.

3 Horne, B. El campo uniano (Buenos Aires: Grama Ediciones, 2024), p. 25.

4 Miller, J.-A. “La ética en psicoanálisis”, en Lógicas de la vida amorosa (Buenos Aires: Manantial ,1991), p. 114.

5 Ibid., p.118.

6 Freud, S. El malestar en la cultura, Tomo III de Obras completas (Madrid: Biblioteca Nueva, 1970). p. 3024.

7 Ibid., p. 3029.

8 Miller, J.-A. “La ética en psicoanálisis”, p. 119.

9 Ibid., p. 121.

10 Arenas, A., Brodsky, G., Delmont, J. L., Leon, E., Luongo, L. y Waine, A. “El Otro en la histeria y la obsesión”, en Histeria y Obsesión. Cuarto Encuentro Internacional del Campo Freudiano, p. 49.

11 Miller, J.-A. Del síntoma al fantasma. Y retorno (Buenos Aires: Paidós, 2018), p. 37.

12 Ibid.

13 Ibid.

14 Freud, S. Neurosis, psicosis y perversión, p 80.

15 Miller, J.-A. Del síntoma al fantasma. Y retorno, p. 42.

16 Miller, J.-A. Extimidad (Buenos Aires: Paidós, 2010), p. 105.

17 Primer testimonio como AE en la EOL, Buenos Aires 25/4/06 y en el IV Congreso de la AMP en Roma 15/7/06.

18 Ibid.

19 Miller, J.-A. Silet (Buenos Aires: Paidós, 2025), p. 16.

20 Léguil, F. “Primera clínica freudiana de la neurosis”, p. 15.


 


    

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