El estado neurótico actual y sus consecuencias en el tratamiento analítico. Paúl Mata
rubik state of mind by @inter.stelarry
En el origen de la experiencia analítica, Sigmund Freud estructuró su obra sobre dos pilares
fundamentales: el inconsciente y la sexualidad. Bajo esta premisa, la cura psicoanalítica se
planteó de entrada como un tratamiento del síntoma, donde la interpretación buscaba
revelar el deseo sexual que intentaba satisfacerse de manera cifrada a través de las
formaciones del inconsciente (lapsus, actos fallidos, chistes y sueños). En este primer
tiempo de la clínica psicoanalítica, el síntoma era concebido como una formación
estructurada por el lenguaje, un mensaje enigmático dirigido al Otro que, mediante la
transferencia, se ponía al servicio de la revelación de un contenido inconsciente
interpretable.
Ahora bien, con el estallido del Nombre-del-padre en la época actual surgen interrogantes
fundamentales ¿Qué ocurre con el inconsciente en la época del Otro que no existe? ¿Cómo
definir al sujeto actual? Lacan no fue indiferente a los acontecimientos del mayo de 1968 en
Francia, a saber, las protestas estudiantiles y obreras que sacudieron las estructuras de
poder y de la universidad. Él toma esta situación como un síntoma del malestar de una
sociedad en devenir y como el signo del fin de una época que ratifica la decadencia del
Nombre del Padre y la autoridad ligada a este. [1]
Las protestas del mayo del 68 apuntaban a ser un movimiento de liberación de las
costumbres, sobre todo en el plano sexual: gozar sin restricciones, prohibido prohibir. Esto
representó un giro de tuerca de lo que Freud denunciaba como el síntoma de la época
victoriana: el valor a la renuncia de goce, la represión, la abstinencia sexual, la moral del
trabajo. En aquella época, el resorte del vínculo social era la identificación con el Ideal del
líder de las masas, conformadas por aquéllos “que han puesto un único y mismo objeto en
el lugar de su ideal del yo y, en consecuencia, se han identificado los unos con los otros en
su yo”. [2]
Por otro lado, en la actualidad, en la época del Otro que no existe, se ha develado que el
Otro del Ideal es solo un semblante, una fachada. Frente a la caída del amo, se produce
una mutación en la sociedad: se pasa del lugar del líder de la masa, asimilado por Freud al
lugar del padre, a la constitución de pequeñas comunidades que forman lazos que se
organizan alrededor de prácticas comunes. De esta manera, se va constituyendo un nuevo
régimen de vínculo social, no a partir de la identificación al Ideal, sino a partir del fantasma y
el goce. [3]
Este nuevo régimen encuentra su motor en el discurso capitalista que Lacan formaliza en su
Conferencia de Milán en 1972, operando una "vuelta de tuerca" sobre el discurso del amo
antiguo. Mientras que el amo tradicional generaba una pérdida y, por ende, la división del
sujeto (sujeto tachado), el discurso capitalista busca suturar esa división mediante un
imperativo de recuperación de goce. Aquí, el objeto a ya no funciona como causa del deseo
(manteniendo la falta), sino como un objeto de consumo que promete colmarla. Y el saber
(S2) trabaja en la producción de objetos plus de goce.
Este cambio tiene efectos sustanciales en la posición de los sujetos: se sutura la división y
se intenta eliminar la brecha entre el sujeto y el objeto. Al ofrecer objetos "listos para
consumir" (gadgets, fármacos, imágenes), se procura anular la pregunta por el sujeto
barrado. Asimismo, la adicción se convierte en un modelo, a saber, el modelo general de la
vida cotidiana en el siglo XXI es la adicción. El "Uno" goza solo con su "droga" (sea el
trabajo, el sexo o el consumo), y como afirma Jesús Santiago “la espiral de las adicciones
característica del mundo contemporáneo es una tendencia que surge de la importancia que
el goce-exceso ha adquirido en la clínica actual, manifestándose en nuevos síntomas que
emergen a expensas de ideales, figuras paternas y de toda forma de autoridad del amo
moderno”. [4]
En este nuevo escenario, los síntomas no se presentan únicamente como metáforas a ser
descifradas. El "orden de hierro" del mercado y la norma estadística han desplazado al
síntoma como enigma. Los síntomas actuales se caracterizan por una desestabilización del
sujeto, quien aparece como un actor "móvil y fluido". La falta de un centro simbólico
regulador produce una desregularización del goce.
El síntoma aparece entonces en su vertiente de "letra" de goce, es decir, se evidencia un
pasaje hacia síntomas que rechazan el inconsciente, manifestándose como actuaciones o
estados de angustia que no hacen lazo con el Otro. La neurosis contemporánea ya no
busca necesariamente un saber sobre su inconsciente, sino que a menudo queda atrapada
en el circuito del "siempre más" que impone el superyó capitalista.
Consecuentemente, se multiplican los significantes amo y los sujetos se mantienen unidos
por síntomas, como planteaba anteriormente. Un ejemplo paradigmático es el Biohacking,
que se define fundamentalmente como un enfoque centrado en el individuo para la mejora
de la salud y el rendimiento humano, utilizando herramientas científicas y tecnológicas para
optimizar la energía del cuerpo y la mente, buscando alcanzar lo que en el argot de este
movimiento se denomina la "mejor versión de sí mismo".
A diferencia del modelo médico reactivo, que interviene ante la presencia de una patología,
el biohacking propone una gobernanza proactiva de la fisiología, donde el cuerpo es visto
como un software "hackeable" que puede ser ajustado y mejorado mediante intervenciones
estratégicas en el estilo de vida, la nutrición y la integración biomecánica. Este enfoque se
nutre de la filosofía transhumanista, que sostiene que la humanidad debe utilizar la ciencia y
la tecnología para superar sus limitaciones biológicas naturales, incluyendo el
envejecimiento, la enfermedad y las restricciones cognitivas.
Existen diferentes comunidades biohackers, entre ellas podemos encontrar los sujetos que
se adhieren a la vertiente nutrigenómica, que utilizan como método pruebas de ADN y
biomarcadores de sangre para diseñar dietas personalizadas. La idea tras esta práctica es
que se pueden "encender" o "apagar" genes mediante nutrientes específicos con el objetivo
de prevenir enfermedades a las que las personas están predispuestas genéticamente.
También se encuentran los Grinders, que es una vertiente más radical: estos son individuos
que se implantan dispositivos tecnológicos bajo la piel, como chips para abrir las puertas,
imanes en los dedos para sentir campos electromagnéticos o sensores de glucosa
permanentes, de manera de ampliar la percepción sensorial o permitir la interacción digital
sin intermediarios físicos.
Un caso que ilustra este movimiento es Bryan Johnson, empresario estadounidense que
dirige un proyecto multimillonario llamado Project Blueprint, quien gasta cerca de dos
millones de dólares al año en un régimen estrictamente monitoreado para revertir su edad
biológica. Para ello, se toma más de 100 suplementos diarios, mide sus erecciones
nocturnas, se realiza resonancias magnéticas constantes, entre otros procedimientos.
El término biohacking se ha empezado a insertar en el campo social, lo vemos incluso en
redes sociales como Tiktok, donde aparecen personas que se dedican a dar consejos para
tener una vida más saludable, “¿Cómo hacer biohacking en casa?” es una de las premisas
que aparecen en este discurso.
Sin generalizar, se puede decir que en este movimiento de biohacking se evidencia una
inclinación hacia el rechazo de la castración: al intentar "mejorar" los sentidos limitados del
ser humano, rechazan la falta estructural del sujeto. Aquí el saber científico se pone al
servicio de la producción de un "superhombre". Se trata por consiguiente de la locura de
creer que se puede ser Ens causa sui (causa de sí mismo). Dicho en otros términos, es el
rechazo a que cualquier tipo de nominación provenga del gran Otro. Incluso, me preguntaría
si se trataría de intentos de nominación de lo real del goce por vía exclusiva de lo
imaginario, haciendo cortocircuito con el eje simbólico.
El avance de la ciencia en lo contemporáneo ha tenido entonces como efecto reducir al
padre a lo biológico, a la dimensión real del padre, en detrimento de la función paterna, de
la autoridad simbólica. Se genera por ello lo que se llama actualmente los estilos de vida,
que funcionan como barreras donde los sujetos eligen quedarse. Como especifica Eric
Laurent “frente a la crisis del Otro, sin posibilidad de identificaciones fuertes a largo plazo, el
sujeto no tiene más opción que aferrarse a identificaciones más básicas, más débiles pero
menos costosas, y esto es la sociología de las tribus”. [5]
Lo particular que introduce esta era biológica es que reduce el enigma de la vida y lo mental
a los laberintos del cerebro. Identifica estilos de vida neurodivergentes. Es una organización
de la vida que se corresponde con el empuje a la despatologización, el empuje al “todos
normales” [6]. Se produce una manufactura de los estilos de vida, estilos de vida a la carta,
donde cada sujeto eleva su modalidad de goce a la categoría de lifestyle, haciendo lazo con
algunos otros que se identifican con ese goce-barrera particular.
A este aspecto habría que agregar, citando el texto de Graciela Brodsky “Utopías
contemporáneas”, que a la sombra de la utopía cientificista nace la utopía higienista, que
introduce como imperativo la felicidad, el bienestar, la autogestión. Esta utopía
contemporánea es biopolítica y se aplica a los cuerpos. [7]
En este costado higienista, surge con fuerza el significante “transitar”: “transitar los
problemas”, “transitar las dificultades”. Me parece que este significante transitar tiene sus
raíces hundidas en los discursos de autoayuda, mindfulness (atención plena, consciencia
plena), basados en la idea de ser consciente, de estar atento al momento presente, evitar el
conflicto, apuntando a la búsqueda de una homeostasis o regulación emocional, a una
pedagogización del afecto en detrimento de la verdad inconsciente del sujeto.
Además, el vocablo transitar evoca lo efímero, lo líquido, en una retórica que se apoya en el
concepto del “buen gestor” de las crisis. ¡Si todo es tránsito, nada es marca! Sin embargo,
constatamos en los tratamientos analíticos que conducimos que hay un real en la
experiencia subjetiva que no logra pasar por los meandros del curso de un río, algo que no
transita por el sentido, a saber, el goce inmanente al síntoma, que con su fijeza demuestra
la existencia de ese real inasimilable a lo simbólico que vuelve siempre al mismo lugar,
como señala Lacan. Una fijación de goce que termina por impotentizar o frustrar el empuje
del sujeto a simplemente “transitar”.
Se puede encontrar en la obra de Freud una relación entre lo que él denomina las neurosis
actuales con los síntomas en la época contemporánea. En su texto denominado
“Contribuciones para un debate sobre el onanismo” plantea lo siguiente: “Lo esencial de mis
doctrinas sobre las neurosis actuales, esas doctrinas que formulé en su momento y hoy
defiendo, estriba en la tesis, fundada en el experimento, de que sus síntomas no se pueden
descomponer analíticamente como los psiconeuróticos. O sea que la constipación, el dolor
de cabeza, la fatiga de los llamados “neurasténicos” no consienten su reconducción
histórica o simbólica a vivencias eficientes, no se los puede comprender como unos
compromisos de mociones pulsionales contrapuestas, al revés de lo que ocurre con los
síntomas psiconeuróticos”. [8]
En las neurosis actuales se incluyen las neurosis de angustia, la neurastenia, la
hipocondría, en las que Freud describe síntomas que se caracterizan por una invasión de
excitación de libido corporal, que no encuentra manera de ligarse a una representación
psíquica y a una elaboración en el plano mental. En este sentido, se encuentra una
dificultad en situar la etiología en el paso de la sexualidad infantil. Cuando el vínculo
psíquico es insuficiente resulta en la aparición de la angustia. [9]
Desde la perspectiva lacaniana, diríamos que en las neurosis actuales lo real del goce no
logra ser traducido a un significante, las defensas frente a este goce se debilitan,
produciendo en la época del padre vaporizado una explosión de síntomas como la angustia,
anorexia, bulimia, hipocondría. Incluso, preguntaría ¿Los sujetos afectados por el burnout
son los nuevos neurasténicos? Cuerpos que se encuentran cansados, con fatiga mental,
con una deflación significativa del deseo, que no logran cifrar el goce por la vía de la
significación.
¿Cuál sería la orientación del tratamiento analítico de estos síntomas contemporáneos?
Comparto una breve viñeta clínica de mi práctica.
Se trata de un joven sumido en un profundo desánimo y angustia laboral, quien, ante la
sensación de "no dar la talla", se refugia en un exceso pulsional con los videojuegos online,
llegando a contraer deudas de miles de dólares, obtando por la prostitución como medio de
pago. Este sujeto contemporáneo, se presenta con una deriva donde nada parece fijarlo ni
darle soporte, con un cuerpo fatigado y con una deflación del deseo, demandando que le
diga qué hacer, esperando que el Otro se haga cargo de su síntoma. En las entrevistas
preliminares le planteo "te falta algo significativo", afirmación que abre una pregunta sobre
su propia falta y que permite, tras varias sesiones, que el paciente lograra situar una "falta
de garra", una “falta de agalla” subjetiva. Solo a partir de este punto, el sujeto pudo
comenzar a plantearse hacia dónde quiere conducir su vida personal y laboral.
Pudiera afirmar que por medio de la interpretación y del acto analítico el dispositivo analítico
puede hacer surgir el agujero del enigma, posibilitando conmover la deriva de lo real en la
que se encontraba sumido el sujeto. Allí donde el síntoma viene sin una significación, el
deseo del analista hace emerger el Otro de la interpretación, haciendo aparecer al sujeto
dividido y el entramado significante. De hecho, para Freud el síntoma de la neurosis actual
solía ser el núcleo y la etapa previa del síntoma psiconeurótico, y para diferenciarlas
utilizaba la siguiente metáfora “aquel grano de arena que el molusco ha envuelto con las
capas de la madreperla”.
Finalmente, plantearía que la interpretación analítica permitiría hacer emerger a través de la
operación fundamental del psicoanálisis, la asociación libre, ese psico, de la psiconeurosis,
que no se agrega a los síntomas de las neurosis actuales. Es hacer aparecer esa envoltura
formal de las capas de la madreperla, de manera tal que el sujeto contemporáneo pueda
hacer tratamiento de ese grano de arena real, enmudecido.
Referencias:
[1] Damase, H. (2019). El inconsciente en la época del Otro que no existe. En Cómo
orientarse en la clínica. Pg. 34. Grama Ediciones. Buenos Aires, Argentina.
[2] Laurent, E. (2017). El traumatismo del final de la política de las identificaciones.
Recuperado en El traumatismo del final de la política de las identidades
[3] Assef, J. La subjetividad hipermoderna. Una lectura de la época desde el cine, la
semiótica y el psicoanálisis. Pg. 82. Grama Ediciones. Buenos Aires, Argentina.
[4] Santiago, J. (2023). El empuje a las adicciones y la iteración del Uno de goce. En El
campo uniano. Pg. 293. Grama Ediciones. Buenos Aires, Argentina.
[5] Laurent, E. Conferencia inédita en las XV Jornadas de la Escuela de la Orientación
Lacaniana.
[6] Vilà, F. (2023). Mind the gap! Scilicet. Todo el mundo es loco. Pg. 240. Grama Ediciones.
Buenos Aires, Argentina.
[7] Brodsky, G. (2009). Utopías contemporáneas. En La clínica analítica hoy. El síntoma y el
lazo social. Pg. 46. Grama Ediciones. Buenos Aires, Argentina.
[8] Freud, S. (1912). Contribuciones para un debate sobre el onanismo. En Sigmund Freud
Obras Completas. Tomo XII. Pg. 258. Amorrortu Ediciones. Buenos Aires, Argentina.
[9] Salles, C. (2023). Cuerpo y síntomas actuales en la clínica de lo real. En El campo
uniano. Pg. 293. Grama Ediciones. Buenos Aires, Argentina.



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