Experiencia de Escuela: Entre transferencia y trabajo. Diego Rodríguez
Momento cero: Cartel, Escuela y transferencia de trabajo, una torsión singular
Al
comienzo del psicoanálisis está la transferencia nos plantea Lacan en la Proposición
del 9 de octubre de 1967, entendiendo la transferencia como el campo donde
se permite desarrollar una cura analítica, y que nos remite, además a una
dimensión del amor. Ya en el Acto de fundación de la Escuela Lacan nos
asomaba que su enseñanza estaba enmarcada en una inducción para dar
lugar al trabajo de otros, para que mediante el trabajo de su enseñanza se
pretenda inducir en otro y en otro un trabajo. Más adelante Lacan nos dice que
no hay analista si no adviene la transferencia de trabajo, si retomamos el
concepto de transferencia freudiano como aquello que se desplaza, permite indicar
que la transferencia no se inscribe entre uno y todos, sino que seguirá una
lógica de culminación, renovación y permutación para el trabajo con otras
personas apostando a responder alrededor de un vacío, una pregunta en común
pero donde cada quién con lo suyo. Esta transferencia con otros, Lacan la sitúa
en el cartel, establece que los "grupos de trabajo" serán la vía de
acceso a la Escuela, de hecho, en la "Nota adjunta" de 1971,
Lacan insiste: “el compromiso de cada uno con la Escuela se inscribirá por
su trabajo en un pequeño grupo llamado cartel, lugar privilegiado para el
trabajo con otros, pero con un rasgo elegido en nombre propio.”
Esta
última línea marca un elemento fundamental que se convierte, para mí, en lo que
decanta de la transferencia de trabajo en un cartel: una enunciación singular,
a riesgo y ritmo propio que intenta generar un saber ante lo que respecta e
interroga a cada uno, alejándose de la identificación dogmática como la llama
Miller de enunciarse a partir de un “Lacan dijo esto”, “Mi analista sabe
esto”, “Yo sé más que este otro”. La transferencia de trabajo es
otra cosa más que la simple transferencia a la obra de Freud o a la enseñanza
de Lacan, no se trata solo de suponer el saber a Freud o a Lacan, se trata más
bien de apoyarse en su propio trabajo fundado en la transferencia establecida
en su propio recorrido en el análisis. Es allí donde el cartel, se convierte en
el espacio para que el sujeto que emerge del dispositivo analítico tenga un
lugar donde hacer su producción a nombre propio. El producto, es efecto del
trabajo de cada uno, de esta forma la torsión de Escuela y Cartel es una
apuesta en cada intento, a su vez. Es en nombre propio que el trabajo se hace
vivo, y así vivifica la causa analítica.
En una
entrevista preparatoria al XI ENAPOL, Raquel Cors hace una interesante
puntuación sobre esta torsión que intento plantear de
Cartel-Escuela-Transferencia de trabajo, menciona que “…Enlazarse a la Escuela,
al discurso que la habita, es una inmersión tan singular que dependerá del
¡rasgón! de cada uno. Cuando la transferencia de trabajo ¡enlaza! entonces se
lee cómo los goces mutan y los actos no solo son acciones, sino consecuencias.”
[1] Nuevamente los
significantes inmersión y rasgón me ponen al trabajo para
intentar entender de que va eso, y cómo es que desde la singularidad se produce
un saber que no es sin otros. ¿Y esas consecuencias? ¿Cómo medirlas?
Del
trabajo con otros al trabajador decidido
El
cartel se presenta para mí, como una puerta de trabajo con otras secciones de
la NELcf y de la Escuela Una, asistía a muchos carteles, seminarios y
actividades con mucha frecuencia, ponía mi trabajo en todos lados menos en
Caracas. La noción de trabajo estaba para mi cada vez más teñida de
enigma, ¿estoy trabajando? ¿Qué hago yo para trabajar en el psicoanálisis? ¿Por
qué no trabajo en Caracas? El trabajo con otros, en ese momento, me servía para
situar el impasse en Caracas y en mi propio análisis, y aún así, seguía sumergido
en esta experiencia de trabajo intentando obtener respuestas de un éxtimo.
Hay un
punto central que enlaza esto que definimos como trabajo con el
análisis, la práctica y el lazo asociativo en una escuela de orientación
lacaniana, y es, que tenemos una única certeza, y es que nadie sabe qué es un
analista, y es a partir de esta pregunta que Lacan creó una Escuela y que nos propuso
convertirnos al trabajo sobre este imposible. Sin embargo, no se trata de
cualquier trabajador sino de trabajadores decididos. Esto solo me enredaba más,
¿un trabajador decidido? ¿Qué es eso? ¿a que apuesta? ¿en que se diferencia? ¿es
el que más hace preguntas o el que más asiste? Estas preguntas dieron varias
vueltas en mi análisis, que, en algún punto, a partir de un franqueamiento en
relación a este “saber tan anhelado de aprender, estudiar y enseñar sobre el
psicoanálisis” se reduce a un “querer trabajar” desde la dignidad de
la ignorancia: “No sé, pero quiero trabajar”, que además inaugura para
mí un momento como Más-Uno en un cartel que se interrogaba sobre los cortes y
las interpretaciones. En estos movimientos, pudiera situar un pase desde el
trabajo de transferencia hacia la transferencia de trabajo, en el primer caso
hay una apuesta por la experiencia del propio análisis y su consentimiento, y
en el segundo caso, se habría dado un desplazamiento de ese consentimiento
hacia un grupo de analistas, frente a quienes y con quienes el saber adquiere
otras dimensiones.
Es
entonces, como a partir de este pasaje de “trabajar con otros colegas en el
mundo para saber más” a “trabajar con todo y sus riesgos” que la
transferencia de trabajo recoge entonces un desplazamiento de lo que no se
puede liquidar de la transferencia analítica, es un pasar del saber supuesto,
al saber expuesto que incluye la comunidad y la Escuela.
Del
cartel en el mundo al cartel en Caracas
La
pregunta ¿Cómo se trabaja en Caracas? seguía insistiendo bañada de angustia,
que yo ponía sin saber -hasta ahora lo pienso- al trabajo en mi propio
análisis, ¿cómo se trabaja aquí? ¿cómo se es parte de una comisión? ¿qué debe hacer
un asociado? ¿cómo trabaja un asociado? A todo encontraba solo una cosa: ¡Yo
aún no se nada! Este impasse encuentra dos vertientes, pero quiero hacer
mención solo de una, y es que con este impasse encuentro un lugar para dar
cuenta de eso: el cartel. Mi primer cartel con otros de la sección que parte
bajo el título “Psicoanálisis y amor”, que luego tomaría el nombre de “Nuevos
nudos” y es el lugar donde sigo elaborando sobre la transferencia de trabajo y
sus implicaciones de formación tanto políticas como epistémicas. Esto marca un
ritmo y un punto de franqueamiento que al mismo tiempo responde a mi momento de
análisis, control y formación, así como a eso que Julieta Ravard mencionaba
hace algunos encuentros como “el estar comprometido con la práctica y con el
psicoanálisis”. No se trata solo de asistir y preguntar, se trata de poner el
propio trabajo al trabajo en la Escuela. Teniendo el pase como horizonte, cada
franqueamiento en la experiencia de Escuela permite dar cuenta de cómo la
transferencia de trabajo al propio trabajo tiene efectos de formación y de
trabajo decidido -aún sin saber nada, y justo partiendo de eso-. La pregunta de
cómo se trabaja en Caracas se me aclara un poco al transformarla, o, mejor
dicho, torcerla a cómo trabajo en mi propio análisis la relación con mi
inconsciente y como eso se transforma en mi trabajo de formación como analista.
Cada vez, el trabajo en Caracas más presente.
Allí
sitúo el nudo Cartel-Escuela-Transferencia de trabajo.